Del
énfasis o tratamiento que haga la cultura de su propio tiempo dependerá en gran
medida la manera como esta se conciba a sí misma. Provisionalmente
reconoceremos tres formas distintas de concebir el tiempo (nos centraremos de
forma sucinta en aquellas que nos legara la Historia, las cosmovisiones y la
filosofía), y descubriremos cómo a partir de estas surgirán representaciones diferenciadas.
La primera noción es la de un tiempo inserto en la cronología y es propia de la
Historia académica, ella nos brinda la posibilidad de situar los acontecimientos
en la línea del tiempo, describirlos, y finalmente a partir de ahí elaborar
tejidos explicativos y engranarlos con otros hechos para reconocer procesos. Sim
embargo, es válido decir que no es esta la única concepción del tiempo presente
a nivel cultural, aunque tal vez sea la hegemónica; de nuestras más pretéritas cosmovisiones
ha llegado hasta nuestros días una
visión cíclica de la temporalidad, que, -sobre ella sostendrá Nietzsche en su
ensoñación sobre el eterno retorno-:“todo hecho es parte de un ciclo que se
repite inexorablemente”, esta conclusión pone en órbita diferentes problemas, el
más acucioso es que genera un
desentendimiento del devenir, ya que sólo le bastarán las referencias del
pasado para predecir cuanto vendrá. Si bien las categorías de ciclo y proceso
son fundamentales para nuestra comprensión de la naturaleza, -ella misma se
presenta de esa manera, basta con recordar las estaciones del año-, no son de
alguna manera suficientes para comprender el devenir del quehacer humano, pues este
no se pueden predecir con la misma exactitud con que anticipan las ciencias de
la naturaleza.
No
obstante esta concepción del tiempo, aunque desde luego no parezca considerada
en los ámbitos académicos todavía tiene una presencia cultural ampliamente
difundida, y más que difundida, arraigada, tal vez porque una de sus
consecuencias directas, - para bien o para mal quizás-, es que exacerba el
pasado, lo idealiza, y hace de esa canonización del ayer un gatillante de
elevadas pasiones a las que no siempre somos indiferentes.
Si
bien De Lara, cuando discurre sobre una morfología de la historia cita los
casos de Spengler con su decadencia de occidente, y de Arnold Toynbee con su
estudio de la historia, como historiadores que insisten en reconocer un sustrato
inflexible de la historia y cuyo reconocimiento la vuelva previsible, Sebreli en
cambio, en asedio a la modernidad, hace lo propio pero además acusa a ambos de
hacer hipérboles del pasado, más aún, de un pasado particular, atomizado y de
comportamiento orgánico-cíclico.
Pero
no son solamente estos autores los que nos permiten avizorar cierta vigencia de
lo cíclico en nuestras concepciones, existen también postulados filosóficos
que, aunque no las sostengan directamente parecen ser acordes en sus conclusiones,
tal es el caso de la teoría de la discontinuidad de la historia que se entrevé de
la lectura de Foucault, este autor sostiene que cuando se pasa de un periodo a
otro, el intento por retraer el pasado implicará manejar un sentido lingüístico distinto, una
sistematización nueva, es decir que nuestro nuestro lenguaje ya no será
efectivo para comprender los hechos ocurridos en instancias pasadas. Más ejemplos,
de tendencias opuestas a la continuidad y novedad en historia nos provienen
también de la literatura, corrientes como el realismo mágico con las imágenes
de un Macondo donde todo se repite o de la Comala, suspendida en la eternidad,
son reveladoras de cuanto se plantea. La pictórica, sobre todo la de influencia
orientalista supone características similares.
De
lo anterior es inevitable no inferir que este tiempo cíclico está de algún modo
correlacionado con una tercera noción, la del tiempo mitológico, aquel tiempo
inaccesible pero nutritivo para el imaginario y que sirve de fuente para los
mitos fundacionales, pero cuyo manejo exige un delicado abordaje.
No
obstante es necesario señalar que un tiempo que no se presente como novedad anulará
la noción de proceso, de historia y de cultura en las acepciones discutidas en
clases; analicemos una tras otra: si bien el tiempo circular encuentra
procesos, da con ellos enmarcados en cierto fatalismo, forzados sin remedio a
repetirse, negando con ello la particularidad del aporte del hombre y su libertad
creadora para optar por su propio destino, similar afección sufrirá la cultura,
si bien se ha dicho que sacraliza al pasado, únicamente lo hace con lo ya
hecho, con lo constituido, pero hace de ella una cultura de museo, es decir una
cultura de altar, intocable, y por ello mismo incuestionable; en el momento que
la cultura se convierte en eso deja de ser fuente de reflexión para el hombre y
pierde ese carácter definitorio. Para cerrar habría que preguntarse qué papel
le tocaría jugar a la historia en un tiempo condenado a sí mismo.
Bibliografía:
De
Lara, M. (1983). Por qué la historia. Salvat Editores. Madrid.
Rassam J (1991).
Michael Foucault: Las Palabras y las Cosas. Crítica Filosófica.
Sebreli, J (1992). El
asedio a la modernidad. Editorial Ariel, S.A. Barcelona.

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