domingo, 27 de mayo de 2018

La noción de temporalidad en historia.




Del énfasis o tratamiento que haga la cultura de su propio tiempo dependerá en gran medida la manera como esta se conciba a sí misma. Provisionalmente reconoceremos tres formas distintas de concebir el tiempo (nos centraremos de forma sucinta en aquellas que nos legara la Historia, las cosmovisiones y la filosofía), y descubriremos cómo a partir de estas surgirán representaciones diferenciadas. La primera noción es la de un tiempo inserto en la cronología y es propia de la Historia académica, ella nos brinda la posibilidad de situar los acontecimientos en la línea del tiempo, describirlos, y finalmente a partir de ahí elaborar tejidos explicativos y engranarlos con otros hechos para reconocer procesos. Sim embargo, es válido decir que no es esta la única concepción del tiempo presente a nivel cultural, aunque tal vez sea la hegemónica; de nuestras más pretéritas cosmovisiones ha llegado hasta  nuestros días una visión cíclica de la temporalidad, que, -sobre ella sostendrá Nietzsche en su ensoñación sobre el eterno retorno-:“todo hecho es parte de un ciclo que se repite inexorablemente”, esta conclusión pone en órbita diferentes problemas, el más acucioso  es que genera un desentendimiento del devenir, ya que sólo le bastarán las referencias del pasado para predecir cuanto vendrá. Si bien las categorías de ciclo y proceso son fundamentales para nuestra comprensión de la naturaleza, -ella misma se presenta de esa manera, basta con recordar las estaciones del año-, no son de alguna manera suficientes para comprender el devenir del quehacer humano, pues este no se pueden predecir con la misma exactitud con que anticipan las ciencias de la naturaleza.

No obstante esta concepción del tiempo, aunque desde luego no parezca considerada en los ámbitos académicos todavía tiene una presencia cultural ampliamente difundida, y más que difundida, arraigada, tal vez porque una de sus consecuencias directas, - para bien o para mal quizás-, es que exacerba el pasado, lo idealiza, y hace de esa canonización del ayer un gatillante de elevadas pasiones a las que no siempre somos indiferentes.
Si bien De Lara, cuando discurre sobre una morfología de la historia cita los casos de Spengler con su decadencia de occidente, y de Arnold Toynbee con su estudio de la historia, como historiadores que insisten en reconocer un sustrato inflexible de la historia y cuyo reconocimiento la vuelva previsible, Sebreli en cambio, en asedio a la modernidad, hace lo propio pero además acusa a ambos de hacer hipérboles del pasado, más aún, de un pasado particular, atomizado y de comportamiento orgánico-cíclico.
Pero no son solamente estos autores los que nos permiten avizorar cierta vigencia de lo cíclico en nuestras concepciones, existen también postulados filosóficos que, aunque no las sostengan directamente parecen ser acordes en sus conclusiones, tal es el caso de la teoría de la discontinuidad de la historia que se entrevé de la lectura de Foucault, este autor sostiene que cuando se pasa de un periodo a otro, el intento por retraer el pasado implicará manejar un  sentido lingüístico distinto, una sistematización nueva, es decir que nuestro nuestro lenguaje ya no será efectivo para comprender los hechos ocurridos en instancias pasadas. Más ejemplos, de tendencias opuestas a la continuidad y novedad en historia nos provienen también de la literatura, corrientes como el realismo mágico con las imágenes de un Macondo donde todo se repite o de la Comala, suspendida en la eternidad, son reveladoras de cuanto se plantea. La pictórica, sobre todo la de influencia orientalista supone características similares.
De lo anterior es inevitable no inferir que este tiempo cíclico está de algún modo correlacionado con una tercera noción, la del tiempo mitológico, aquel tiempo inaccesible pero nutritivo para el imaginario y que sirve de fuente para los mitos fundacionales, pero cuyo manejo exige un delicado abordaje.
No obstante es necesario señalar que un tiempo que no se presente como novedad anulará la noción de proceso, de historia y de cultura en las acepciones discutidas en clases; analicemos una tras otra: si bien el tiempo circular encuentra procesos, da con ellos enmarcados en cierto fatalismo, forzados sin remedio a repetirse, negando con ello la particularidad del aporte del hombre y su libertad creadora para optar por su propio destino, similar afección sufrirá la cultura, si bien se ha dicho que sacraliza al pasado, únicamente lo hace con lo ya hecho, con lo constituido, pero hace de ella una cultura de museo, es decir una cultura de altar, intocable, y por ello mismo incuestionable; en el momento que la cultura se convierte en eso deja de ser fuente de reflexión para el hombre y pierde ese carácter definitorio. Para cerrar habría que preguntarse qué papel le tocaría jugar a la historia en un tiempo condenado a sí mismo.



Bibliografía:
De Lara, M. (1983). Por qué la historia. Salvat Editores. Madrid.
Rassam J (1991). Michael Foucault: Las Palabras y las Cosas. Crítica Filosófica.
Sebreli, J (1992). El asedio a la modernidad. Editorial Ariel, S.A. Barcelona.


La noción de temporalidad en historia.

Del énfasis o tratamiento que haga la cultura de su propio tiempo dependerá en gran medida la manera como esta se conciba a sí misma. ...